El castigo en ambas obras se nos ofrece como una “aventura inexplicable” (tal y como aparece titulado en varias ocasiones en la obra de Zorrilla). Al analizar este tema, nos adentramos en un mundo fantasmagórico y de ultratumba que rompe bruscamente con la realidad. Dentro de este mismo tema, se encuadraría la contemplación del propio entierro. Este hecho no hará sino incrementar la agonía del protagonista masculino al enfrentarse a la consecuencia de sus actos.
En El estudiante de Salamanca don Félix de Montemar tiene una visión de una mujer que no aparece definida y por la que se deja llevar, entusiasmado ante la idea de un nuevo romance. Más tarde descubrirá la trampa, al ver que ya no camina entre los vivos sino que está ante la desdichada Elvira y ante el hermano de esta, al que dio muerte. La sensación de desasosiego aumentará cuando el conquistador observe su propio sepelio:
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[…] el féretro mira don Félix pasar,
y al paso pregunta con su aire insolente los nombres de aquellos que al sepulcro van. Mas ¡cuál su sorpresa, su asombro cuál fuera, cuando horrorizado con espanto ve que el uno don Diego de Pastrana era, y el otro, ¡Dios santo!, y el otro era él…! |
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En la obra de Espronceda asistimos además a la espeluznante visión de la dama como un
esqueleto que incita al horror y da una poderosa carga tétrica al castigo
sobrenatural que habrá de sufrir Montemar:
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El carïado, lívido esquelo,
los fríos, largos y asquerosos brazos,
le enreda en tanto en apretados lazos, […] |
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Del catafalco a los pies
llegó entonces decidido, de aquella duda impelido, a ver el muerto quién es. […]
descubre, ase la mortaja,
y él mismo se encuentra en ella. |
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